Algunas de las clave de nuestros hábitos y comportamientos tienen sus orígenes en los tiempos prehistóricos, cuando el neanderthal intentaba sobrevivir o el homo sapiens pintaba paredes y techos de algunas grutas de la cornisa Cantábrica. Conversar sobre las
pautas alimenticias de nuestros antecesores de hace más de quince mil
años resulta apasionante, especialmente si la fluidez de los datos está
contrastada científicamente y nos descifra los claves un especialista
como Manuel R. González Morales, catedrático de Prehistoria de la
Universidad de Cantabria, director del Instituto Internacional de
Investigaciones Prehistóricas de Cantabria y responsable de decenas de
proyectos de investigación científica tanto en la región como fuera de
ella.
Manolo Morales, como le conocen sus alumnos, colegas y
amigos, ha estado al frente de las investigaciones de la cueva del Mirón
en Ramales durante los últimos años y de ahí ha obtenido mucha
información sobre un aspecto tan cotidiano como la alimentación. Antes
de nada, al aceptar la invitación para participar en esta sección,
confiesa que «son omnívoro, como de todo», desde unas tostadas regadas
por un buen aceite para desayunar hasta el bocadillo que se convierte en
compañero inseparable cuando se está en plena campaña arqueológica en una cueva: «Es una necesidad para poder trabajar con continuidad. No hay
tiempo para bajar a comer y luego volver. Pero procuramos últimamente
que los bocatas sean lo mejor posible. Una clave es combinar los fríos
con los calientes».
Entre sus preferencias culinarias están los pescados y
recuerda de sus visitas al Perigord majares como el foie o el aceite de
nueces: «En los sitios buenos de la Prehistoria se come muy bien».
Y volviendo a su carácter omnívoro, abunda: «Estamos
hechos para ser así. Evolutivamente somos de comer de todo, por eso la
dentadura y el estómago que tenemos. Si fuera creacionista, hubiera
querido que Dios nos hubiera dado cuatro estómagos, como dispone el
sistema digestivo de una vaca».
Proteínas y cerebro
Y las explicaciones sobre el proceso evolutivo de la raza
humana van más allá tienen una explicación estrechamente vinculada a la
dieta: «Evolutivamente los humanos hemos ingerido proteínas de la más
variada procedencia. Hay que tener en cuenta que el cerebro genera un
gran consumo calórico, por lo que se vincula el mayor desarrollo del
cerebro humano frente al de otras especies a un mayor consumo de
proteínas. ¿Se puede vivir sólo de vegetales? Probablemente sí, y es una opción muy respetable, pero evolutivamente no estamos preparados para
consumir solo vegetales.
En esta ocasión, el almuerzo en el restaurante Olleros
gira alrededor de la trufa, motivo de unas jornadas gastronómicas que a
nuestro invitado le sorprenden. Frente a los bocadillos de las
excavaciones, un menú de autor, «exquisito y muy bien presentado»,
comenta Morales.
El día a día del artista
La Prehistoria centra la conversación de nuevo entre
plato y plato. «¿Y cómo era el día a día del homo sapiens que pintaba alguna carvernas de la región?». El catedrático recurre a la
antropología para explicarse: «Por lo que sabemos de otros pueblos
cazadores-recolectores, éstos dedican menos trabajo al abastecimiento de
alimentos que los pueblos agrícolas y ganaderos. Como no podían
almacenar y tenían mucha movilidad, cazaban lo que iban a consumir, para
dos o tres días. Además también tendría mucho peso en su dieta la
alimentación vegetal, lo que recolectaban, por ejemplo raíces
comestibles, frutas, frutos secos... También sabemos que ya los
neandethales, hace unos cuarenta mil años, ya pescaban salmones en la
zona de Ramales. Lo hemos podido constatar en las excavaciones del
Mirón».
Mariscadores
Otro fuente de alimentación de las comunidades
paleolíticas que ocuparon cuevas y abrigos próximos al Cantábrico fueron
los mariscos, moluscos como caracolillos, erizos, mejillones, y
crustáceos. Como dato relevante, señala González Morales que «las lapas que comían y que ahora encontramos en los registros arqueológicos son un
indicador climático importante ya que el carbonato de la concha guarda
el registro de la temperatura y la salinidad del agua de cuando estaban
vivas. Tenemos un proyecto, con Igor Gutiérrez, donde se analizan los
isótopos de oxígeno para conocer mejor las condiciones ambientales de
aquel momento. Buscamos información para saber si la recogida de marisco
se prolongaba durante todo el año o era estacional como consecuencia de
que no había otros recursos. Esto nos permitirá entender mejor los
ciclos de alimentación. Ahora tenemos la idea de que, por ejemplo,
cuando el hambre apretaba en el Mesolítico comían percebes. Esto se sabe
porque disminuye el tamaño de otros mariscos. El percebe sería para
ellos el más difícil de capturar».
Utilización del fuego
Los homo erectus que vivían en el sur de África hace un
millón de años ya preferían comer la carne asada que cruda, según
demuestran restos de vegetales y de huesos chamuscados descubiertos en
la cueva de Wonderwerk (Sudáfrica). Este dato que ha visto la luz hace
sólo unos días permite al prehistoriador abundar en la importancia que
tuvo en control del fuego para diseñar el programa alimenticio en el
Paleolítico: «Creemos, por ejemplo, que el salmón lo elaborarían a la
piedra y que la carne de animales cazados como ciervos también sería
tratada a la brasa».
Y si hablamos de guisos, Morales destaca como empleaban
los huesos: «Hervían agua en un pellejo a base de introducir piedras
sacadas del fuego. Luego incorporaban los huesos de los animales muy
fragmentados, lo cual les permitía sacar toda la grasa. Así consigues
una especie de sopa».
Dentaduras
Aunque el consumo de vegetales no deja huella en el
registro arqueológico, González Morales afirma que «sí sabemos que
comían bastante y la prueba la tenemos en el desgate de los dientes.
Los vegerales, al llevar mucha tierra, provocan mucho rozamiento en las
piezas dentales». Y va más allá: «Todo lo que comemos deja una huella
química en los huesos, por lo que su análisis permite caracterizar la
composición de la dieta. El problema que tenemos es que apenas hay
hallazgos de huesos humanos del Paleolítico Superior. De ahí la
importancia de los restos que hemos encontrado en el Mirón, que nos van a
permitir obtener más información sobre la dieta en el periodo del
Magdaleniense».
Recuerdos de infancia
Manolo Morales nació en Cuba, donde vivió hasta los diez
años. De aquella época «recuerdo el arroz blanco, los plátanos de todas las maneras, el agiaco o el fricasé de pollo con aceitunas y pasas».
Luego su vida transcurrió en Asturias -de donde se queda con la fabada,
el arroz con leche y los pescados-, antes de llegar como profesor a la
Universidad de Cantabria en el año 1981. De aquí, y en general de la
gastronomía del norte de España, se queda con los guisos, tipo cocidos
montañés o lebaniego, y una vez más con los pescados: «Creo que esta
zona podría sacar más partido al pescado, por su calidad
incuestionable».
Finalmente, reconoce que no entra mucho en la cocina, pero tiene una 'buena' disculpa: «No tengo tiempo».