.Jesús Bedoya y Abascal sostienen una bandeja de chuletas fileteadas para asarlas a la piedra en el comedor del restaurante El Castellano. :: SANE
El keniano Joseph Cheshire le pisaba los talones en la recta del estadio olímpico de Los Ángeles. José Manuel Abascal había arrancado antes en la final de 1.500 metros contra la armada inglesa (Coe, Cram y Ovett). La táctica era perfecta porque eran más rápidos que el cántabro. Hacían falta piernas y el alcedano las tenía para asegurar al menos la medalla de bronce. Ovett no pudo más y se retiró. En la última curva Coe y Cram comenzaban la remontada, algo esperado por el atleta cántabro, pero el africano Cheshire forzaba el ritmo para arrebatar el preciado metal, la gloria a Abascal. Por dos décimas no pudo en la línea de meta, y José Manuel Abascal conseguiría el mayor hito hasta entonces del atletismo español, la primera medalla olímpica en una prueba reina como los 1.500 metros y dentro del anillo del estadio.
En la retina quedó grabada una gesta heroica, en un tiempo en que la marcha y el fondo era las disciplinas de las pruebas atléticas españolas -(«Un respeto a Mariano Haro», clama Abascal»)-. El atleta pasiego asegura que José Luis González y él marcaron toda una época con marcas que no se consiguió superar ni el mismo Fermín Cacho. José Manuel Abascal, quíntuple campeón de España, bronce en los Europeos (1983), campeón de Europa junior, y bronce en los Juegos Olímpicos es algo más que una leyenda del deporte cántabro. Abascal, junto al toledano González, su gran rival en la pista, representa un antes y un después en el atletismo, un giro hacia la modernidad en una de las pruebas estelares del deporte rey de las Olimpiadas. No era el fondo, no era Mariano Haro quedando dos veces a las puertas de una medalla. «Entrenábamos en el CAR Joaquín Blume, y poco a poco las condiciones eran mejores. Y eso se notaba en el rendimiento. Yo estuve en Barcelona viviendo 17 años». El éxito del atletismo español en Barcelona 92 debe bastante a los pioneros.
Abascal, nacido en una cabaña Alceda, de padres trashumantes ganaderos de Vega de Pas y San Pedro del Romeral, se considera pasiego de pura cepa. Recuerda a su madre como cocinaba pucheros, básicamente cocidos y segundos platos como el pescado y la carne. Durante los 17 años que estuvo residiendo en el Centro del Alto Rendimiento en Cataluña mantenía una dieta estricta, propia de deportista de élite: «Y lo típico, comía pasta, arroces, verduras, además de carnes y pescados. En la nutrición había un control, algo fundamental para estar en la élite».
Un restaurante familiar
Abascal, director de la Escuela de Atletismo del Ayuntamiento de Santa Cruz de Bezana desde hace 17 años, mantiene su vínculo con la actividad deportiva para jóvenes. Anteriormente estuvo en la de Vega de Pas, de donde salieron las hermanas Zulema e Iris Fuentes Pila, y en los 90, en la Santander del Complejo Deportivo de La Albericia. «Juan Antonio Samaranch, que fue un gran amigo mío, acompañado por el príncipe de Mónaco, inauguraron la escuela municipal ante la incredulidad inicial del entonces alcalde Manuel Huerta, y la colaboración del presidente regional Juan Hormaechea, que nos prestó el helicóptero de Protección Civil». Huerta estaba preocupado por sobrevolar por encima Cazoña. Abascal consiguió una inauguración de la Escuela Atletismo «de auténticas campanillas». Toda esta conversación la mantenemos en un restaurante que le es muy familiar al atleta de Alceda: El Castellano, en la peatonal y céntrica calle Burgos de Santander. El propietario Jesús Bedoya Benito, que en esa zona de la ciudad tiene un emporio gastronómico como el remodelado Picos de Europa y Casa Mariano, es amigo íntimo, casi un familiar del atleta pasiego. Chuchi es natural de Espinama, en el valle lebaniego de Camaleño, y en la mesa donde nos sentamos nos prepara comida tradicional de la buena, de la que siempre apetece. Ahí salen unas espectaculares raciones de jamón ibérico de bellota 'Joselito' de Guijuelo, «el mejor del mundo», en su opinión, lacón curado, bocartes rebozados, revuelto de trigueros y setas, solomillo y chuletón a la piedra. Para regar estos manjares, el propietario de El Castellano, cuya conversación es sumamente amena, elige un Martínez Lacuesta, un crianza D. O Rioja de 2007. Todo los que estamos sentados ante estas viandas hacemos el mismo comentario: «Esto es comida de verdad».
Dieta mediterránea
José Manuel Abascal es de buen comer, aunque reconoce que no es un fanático de la comida, «pero tengo el morro muy fino». En cualquier caso mantiene un aspecto saludable y con un peso ajustado a su estatura: «Me cuido, es importante estar en forma física. No llevo una dieta estricta y evito comer bollería industrial, platos con salsas, y tiro más de la plancha, nada de fritangas. Soy un adicto a la dieta mediterránea, y me gustan las ensaladas, las pastas, como también el pescado».
Es sincero y asegura que él no puede hablar de gastronomía como un experto porque «sé, lo que sabe la gente, y mis gustos no son especialmente rebuscados. Por eso prefiero la cocina tradicional. Todo lo que es natural es bueno para la salud». En el restaurante El Castellano reconoce que su amigo Chuchi «me cuida muy bien, tal vez demasiado».
Sobremesa
La charla discurre por sus tiempos de atleta en competición, sus años como director de la Escuela Municipal de Atletismo de Santander, la de Vega de Pas, y en las dos últimas décadas es coordinador de Actividades Deportivas de Bezana. Abascal habla de su admiración hacia Pau Gasol y Rafa Nadal, como deportistas y personas, y de Iniesta y Casillas como sus jugadores predilectos de la selección nacional de fútbol.
Finalizada la comida, José Manuel Abascal tiene que volver a Bezana donde todavía enseña a los más jóvenes, aunque su cargo de coordinador tenga un componente también administrativo. La calle Burgos luce soleada con una temperatura ideal y caminamos con la sensación de haber tenido algo más que una buena comida.

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